Recuerdo la llegada de los primeros relojes de cuarzo, que prometían acabar con los mecánicos tradicionales, al igual que las cintas de vídeo con los cines. Sin embargo, los relojes automáticos no solo sobrevivieron, sino que hoy son más populares que nunca gracias a su artesanía y precisión.
Las siguientes imágenes muestran la parte trasera de un reloj automático típico:
Este modelo cuenta con una caja trasera transparente que revela su interior. En la segunda imagen, destaca el rotor, una pieza semicircular de metal pesado, el corazón del mecanismo automático. Influida por la gravedad, el rotor gira constantemente con los movimientos del portador para alinearse hacia abajo. Si dispones de unos 350 KB, este vídeo de 6 segundos ilustra su movimiento: mientras caminas y balanceas el brazo, el rotor oscila de un lado a otro.
Este rotor está conectado a un tren de engranajes que transmite su movimiento para enrollar el muelle real poco a poco. Con el uso diario, el reloj se mantiene cargado sin intervención manual. El muelle almacena energía suficiente para funcionar hasta 36 horas si lo dejas reposar en tu mesita de noche.
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